Era una pensión de mala muerte. La escalera olía a orínes y a tabaco. Una moqueta llena de mugre intentaba tapar la madera apolillada de los escalones, pero a cada paso me daba la sensación de que los tablones iban a ceder. Cada vez que subía un pasito, la madera aullaba como una loba que ha perdido a sus cachorros. Más que un aullido parecía un llanto, un llanto desconsolado, como el de una alma en pena atrapada entre el cielo y el infierno. Por fin llegamos al primer piso. "La segunda a la izquierda" nos recordó el recepcionista "habitación 14". Su voz estaba ronca, y emitía un leve zumbido al hablar, como un ruido de fondo, una cacofonía que me descondertó.
Jaime empujó la puerta después de escuchar el chas que indicaba que esta estaba abierta. La habitación no era todo lo acogedora que se podría haber deseado, quizás no era importante. Realmente no me importó que el lavabo estuviera sucio, o que salieran cucarachas negras del agujero de la ducha. Lo importante no era el dónde, sino el qué.
Mientras Jaime se duchaba lié dos cigarros con tabaco rubio y papel de lino, puro lino. Nunca comprendí la obsesión que tenía mi hermano con la higiene. Me tomé mi tiempo para liarlo, esé iba a ser mi último cigarro. Le puse de boquilla un trozo de cartón enrollado que arranqué de la tapa de una guia telefónica que encontre en un armarito de la habitación. Mientras Jaime se aseaba me dio tiempo de cantar por última vez aquella canción tan triste que me hacía llorar. "Ne me quitte pas", Edith Piaf esa gran artista...
Cuando Jaime salió de la ducha, puse los dos cigarros entre mis labios rojos, y los prendí, después le pasé uno a mi hermano. Estaba manchado de carmín, a él le gustaba, siempre le había gustado, yo siempre lo supuse, pero se hizo más evidente el dia de mi decimo octavo cumpleaños, cuando me regaló aquel estuche de maquillaje francés. Me miraba de una manera inusual, sus ojos no delataban lujuria algun, más bien melancolía por aquello que pudo ser y no fue.
"Ha llegado la hora" dije expulsando una gran boluta de humo, torbellino saturado de particulas volatiles, un campo de vorticidad extrema.
Saqué del macuto dos picos grandes de minería. Eran robustos, con un mango de avellano, ligeramente flexible pero muy resistente. El acero de las puntas era negro como el ébano, más oscuro que la propia oscuridad, un agujero negro en una galaxia sin estrellas. Me desvestí lentamente bajo la atenta mirada de mi hermano. Ahora la melancolía se había convertido en compasión al ver las cicatrices de mi cuerpo.
Nos tumbamos boca arriba, encima de la moqueta verde, pegajosa y maloliente, pero seguía sin ser importante. Puse las plantas de mis pies frente a las plantas de los suyos y formamos un rombo con nuestras piernas. Introducí el pico que yo sostenía en mi vagina. Jaime hizo lo propio en su ano. Había llegado el momento. Arqueamos juntos las piernas para que el otro pudiera alcanzar el pico. Jaime receló un momento, no estaba preparado, "Cuenta hasta diez y seguimos" le propuse. La espera fue breve. Jaime agarro mi pico con energia y yo el suyo con garbo. Nos fundimos en una cadencia infinita. "Ahora" grité de júbilo. Los dos subimos el pico con enfasis. El pico que yo sujetaba agujereó el escroto de mi hermano, la sangre corría a borbotones por la alfombra. Mi clitoris quedó destrozado, era el dolor más agudo que nunca había sufrido, pero la recompensa me dio fuerzas para no defallecer. Tenía la espalda humeda, cuando miré al suelo vi que estaba tumbada sobre un gran charco de sangre, principalmente de mi hermano.
Pero no funcionó, los dos seguíamos vivos, y agonizantes. Yo me estremecía de dolor y Jaime gritaba como un poseso. "Joder!"
Alguien tocó a la puerta entonces. "Están bien? El inquilino de arriba me ha llamado porque ha oido gritos" era el recepcionista. Ese apestoso comearañas no iba a amargarnos la dulce velada de nuestra muerte. "Si, tranquilo, no pasa nada es que mi hermano se ha golpeado el pie con la mesita de noche, y ya sabe, los hombres sois unos exagerados, estese tranquilo, nada que no se pueda arreglar con unos cuantos mimos" dije como pude. Escuchamos el eco de los aullidos de los tablones. El recepcionista se había marchado.
"Intentemoslo de nuevo" le dije a mi hermano esbozando una sonrisa, pero Jaime había perdido mucha sangre y había entrado en shock. No respondía a los estímulos. Decidí hacerlo a mi manera. Me apoyé en la cama para levantarme y cogí el pico con fuerza. Lo levante hasta tocar el techo y lo deje caer con todas mis fuerzas sobre su craneo. El pico hizo un ruido fofo, no pude aguantar las nauseas y vomite sobre mi hermano. "Lo siento, ya se que tu no querías hacerlo así, pero no me has dejado otra elección."
Era mi turno. Volví a introducir el pico en mi vagina. Salté sobre él para que entrara en lo más hondo de mi cuerpo. Después coloqué el mango debajo de la cama y la empuje con las piernas con gran ímpetu. El pico atraveso mi vientre y por fin fui libre...
Buff...
ResponderEliminarAupa!
ResponderEliminarSe que es un poco desagradable, per es que se me ha ocurrido mientras veia una pelicula de terror de estas que hay mucha sangre. Picores (I) va a venir sindo el primer capitulo de una mini-serie de terror y noir que estoy articulando.
Si le ha parecido obsceno y de mal gusto, esa era mi intención :D